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8.12.16

LA SIESTA

Me acurruqué como si fuera un feto. Sudaba a mares. También lloraba risas a mares. Todo era agua en aquella habitación de hotel donde fui a parar para intentar encontrarme. Hacía un calor de espanto pero yo no sentía más que las aspas del ventilador rodeándome, envolviéndome desde el techo, sobre mi cama, con un rumor apagado y constante que no recordaba para nada al mar.

Porque no había mar en aquel lugar, a excepción de mis lágrimas que se mezclaban con las carcajadas absurdas que brotaban desde mi interior, sin que yo pudiera hacer nada para detenerlas. Un desierto, ese era el paisaje que se sugería tras la cortina raída de la única ventana que no podía decir precisamente que alegrara el cuarto.  Un inmenso desierto fuera, un  océano infinito, dentro.


Pasé así muchas horas, horas interminables. Al despertar estaba inundada de salitre. Recordé entonces lo ocurrido. El terrible accidente. Mi coche había saltado por los aires. Yo de conductora, de copiloto iba él.

El auto, después de derrapar peligrosamente en una curva, salió despedido hacia un barranco y cayó por el acantilado hasta el fondo del océano.  Me dieron por muerta tras haber enviado a submarinistas y a barcos de salvamento al lugar donde supuestamente me había ahogado. Encontraron el coche, pero a mí no.

Mi pareja tuvo los reflejos suficientes para saltar antes de la caída. O tal vez ya sabía que eso iba a suceder -¿lo había provocado?-. Perdí el control del volante y era, cuando menos extraño, conduciendo un deportivo como el mío con excelentes medidas seguridad.  Y mi experiencia probada de muchos años de conductora, por curvas y carreteras de aquella costa.

Lo que nadie llegó a saber (al menos eso imaginaba entonces), fue que había podido salir del coche, ensangrentada y más muerta que viva. Nadando me dirigí a una pequeña casita a la orilla de aquel mar, donde me recuperé, gracias a una sencilla familia de pescadores que me cuidó, mientras en la ciudad asistían a mi funeral. Las cenizas que nunca habían encontrado, las enterraron en un lugar desconocido.

Pude ver mi esquela y las fotos de mis exequias en el periódico local y también en el nacional. No en vano pertenecía a una familia archiconocida: Los Beltrán de Lis y Pérez de la Revuelta.


Lo sucedido, aparentemente provocado según sospechaba, era la coartada perfecta para desaparecer. Tenía un dinero guardado en un lugar que nadie sabía, suficiente para vivir años sin trabajar. Me lo había ganado.

Así que al cabo de unos meses, ya recuperada, me dirigí al lugar donde creía tenerlo a salvo, en una casa de campo lejos de la cuidad.  Llegué por la noche, conseguí entrar por la ventana pero, donde creía tener mis ahorros bajo las tablas del comedor, encontré el cadáver de una rata con una nota escrita en la que, con una caligrafía de mujer, se leía: ENTRE TUS CENIZAS HALLARAS LA RESPUESTA.

Todo ello me produjo un desasosiego enorme y decidí volar al desierto en el que en este momento ya no me encuentro.

Se me plantean algunas dudas: ¿Existo de verdad? ¿Soy una mezcla entre realidad y ficción? ¿He sido yo la que cambió el dinero cuando aún vivía? ¿Por qué todo esto me hace reír y llorar a la vez si no soy más que un     espíritu vagando por la nada o un personaje de fábula?

Toda esta eclosión de lágrimas y de risas, esta catarsis emocional, no es propia de un ser que no es.

Así que decidí suicidarme con una pistola que encontré en la mesita de noche de la habitación del hotel. La bala me atravesó limpiamente y fue a incrustarse contra un grabado de San Antonio con su perro, encima de la cómoda. San Antonio, patrón de los desaparecidos. 


Hoy, aún sabiendo que soy un alma en pena, me han internado en un manicomio. Me relaciono con seres desequilibrados que comprenden mi situación. Les ayudo a conocerse y ellos lo intentan también sin conseguirlo, claro.


Ni las descargas eléctricas ni las pastillas con las que me atiborran han conseguido disipar mis dudas. Creo que en las cenizas, encontraría la respuesta, pero de momento estoy atada con cuerdas a la cama y los médicos tienen miedo a que si me desatan volvería a atentar contra mi vida. Pero me he vengado.

Mi novio, hoy inmensamente rico, ha venido a visitarme con su nueva pareja que, de sobra sé, fue la que escribió la nota encontrada bajo las tablas del comedor.

Lo que no saben es que el dinero está impregnado de un veneno maligno del que solamente yo conozco el antídoto. Se irán muriendo poco a poco entre convulsiones y terribles sufrimientos, mientras gozan del éxito, de flores y de champán.


Mientras tanto, y esperando a que suceda, gozo de un estado espiritual que los verdaderos dementes envidian.

Me traslado por el edificio en forma de energía, dejando mi pobre cuerpo unido al lecho. Traspaso paredes, entro en los inventarios y ya conozco la clave de la caja fuerte donde tienen guardado el dinero que les roban a los enfermos,  haciéndoles firmar sus últimas voluntades, dejando todo el dinero a la maligna institución.

He conocido a otro espíritu puro con el que he hecho buenas migas y juntos planeamos quedarnos con el edificio y con la pasta, soltar a los locos y tratar de encontrar esas cenizas que dicen fueron mías, después de cargarnos a médicos y a enfermeras.

Lo único que ocurre es que siendo fantasmas no podemos disfrutar del dinero pero, por otra parte, no lo necesitamos. Entramos libremente en lupanares, cines, óperas, conciertos y restaurantes de lujo. Incluso hasta este cuarto me voy a colar para contar mis venturas y desventuras.

¿Pero se darán cuenta que todo es pura inventiva y que soy la mendiga que duermo entre papeles y cartones bajo el Puente de Vallecas, y lo único que pretendo es que me lancen algunas monedas y algo de comer estos niños bien que acuden al taller de escritura al que acudo?


Cris 2016

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